No, no se trata de una frase metafórica que refleje el mal ambiente que pueda haber en el trabajo, aunque al leer el título de la entrada muchos de vosotros hayáis pensado que, efectivamente, para lo que hay que ver y oír en la oficina, como que no compensa. Sin embargo no va por ahí la frase, en absoluto. Se trata de una verdad tremenda, de las pocas que se pueden asegurar calculadora en mano. Cuando mi amigo JL me la soltó, así de clara y directa, traté de llevarle la contraria. Pero no pude sostener mis argumentos más allá de diez minutos. Claro, que lo primero que debo hacer es presentaros a mi amigo JL.
Es del grupo de la
Universidad. Lo cierto es que no soy de esas personas que mantienen amistad con sus amigas o amigos de la guardería o de parvulitos. ¡Hay gente que sí lo consigue o que los recupera a través de las
redes sociales! Debe de ser… apasionante ver una evolución tan completa en el ser humano. En mi caso prefiero ahorrarme algunos pasos intermedios, la verdad. Pues eso, que ni tan siquiera tengo el teléfono o el correo electrónico de nadie del instituto. Ni ganas de buscarlos en el ciberespacio. En realidad, tampoco estoy segura de haber querido conservar esas amistades, me veo más atravesando diversas etapas y, de algunas de ellas, simplemente no queda nadie. Y adelante, a la siguiente. Pero la etapa de la Universidad, quizá por lo que supuso en mi vida, sí me hizo conservar contacto con varias personas y, en algunos casos como en el de JL, amistad verdadera.
Del grupo de amigas y amigos de la Universidad, varios empezamos nuestra vida laboral trabajando en algo que no estaba directamente conectado con los estudios. Después, poco a poco, casi todos sí que nos hemos ido acercando a profesiones vinculadas de alguna forma a lo que habíamos estudiado.
Pero no JL, que empezó con unas prácticas en un
periódico local y acabó formando parte de la plantilla de una
agencia de información bastante importante. Llegó, incluso, a tener a varias personas a su cargo y alcanzar un puesto intermedio por el que más de un trepa habría vendido su alma… y la de varios compañeros. En cuanto a su vida personal, tampoco le fue mal a JL: su pareja es una persona excepcional (sí, no me cuesta ningún esfuerzo reconocerlo), que ha podido compaginar su trabajo en una empresa privada con la maternidad. Y así han funcionado, como familia feliz en su residencia a las afueras de Madrid, hasta la llegada de la crisis. La crisis, que no sólo ha afectado al sector de la construcción, sino que ha llevado a los periódicos y a la
prensa en general a una situación complicada. De ahí que JL también se haya visto en el paro (con sus 45 días por año trabajado, su cotización en regla y todo lo que queramos, pero en el paro). JL, siempre comedido, no cayó ni el pánico de intentar encontrar otro trabajo inmediatamente ni en el “me lo voy a tomar con calma, voy a tomarme un tiempecito antes de buscar otra cosa”. Durante unos meses lo más complicado para JL fue encontrar no un trabajo, sino una oferta de trabajo cuyas condiciones se acercaran siquiera mínimamente a las que había tenido en su trabajo anterior. Nada que ver. Ni en horario, ni en salario, ni en contrato. Evidentemente ya había oído bastante de cómo está la situación, pero pude profundizar más en esto cuando hace unos meses me invitaron a cenar a su casa. Por suerte con él no tengo que hacer el paripé de evitar el tema laboral por miedo a ofenderle, como puede ocurrir cuando nos encontramos con alguien que está en paro. Por eso, después de las preguntas y los comentarios de rigor, curioseando por la cocina y echando una mano para poner la mesa, antes incluso de sentarnos, me contó que ya había desistido de encontrar un trabajo como el de antes. Ese “como el de antes” no se refería al tipo de trabajo, sino a lograr unas condiciones remotamente similares. Lo que había encontrado eran
trabajos con horario partido (de esos de 9:00 h. a 14:00 h. y de 16:00 h. a 19:00 h.), en sitios a los que tardaría en llegar más de 45 minutos si había suerte con el tráfico, y con un salario que rondaba los 1.100 euros en el mejor de los casos. Vamos, un panorama para pasárselo por las narices a los
sindicatos, a los hablan de
conciliar vida laboral y vida personal y, de paso, a los que afirman que
en España se produce poco. Con todo, JL estaba razonablemente feliz. Fue entonces cuando sacó la calculadora y me dijo eso de “es que con esas condiciones no me compensa trabajar”. Me habló de un trabajo por horas que había encontrado dando clases en una academia de la zona donde vive, que puede comenzar cuando su esposa ha llegado a casa después de trabajar y puede ocuparse de los niños (tienen dos, de tres y de seis años). Como él está en casa por la mañana se ahorra
aula matinal y
comedor del colegio para el mayor, que ya es un pico; y también la guardería privada del pequeño (lograr plaza en una pública es complicado, ya sabéis, y si uno de los padres está en paro resulta imposible porque la Administración
piensa que esa familia no necesita servicio de guardería, como si los trabajos se pudieran encontrar llevando a tu hijo pequeño a la entrevista o a la ETT...); el caso es que habiendo parques, ludotecas y pequenatación el pequeño no tiene porque salir asociable, ¿verdad?. Y como su academia está a poca distancia de su casa se ahorra otro pico en gasolina y mantenimiento del coche. Total, que JL ha sumado a su bajo salario por horas la cantidad de dinero que no gasta y que es, en la práctica, como un ingreso, y se ha dado cuenta de que puede vivir. Y puede ser feliz. Es un gran cambio en su vida, y no ha sido fácil, el ritmo de su vida y su ritmo de vida eran muy diferentes. Pero es consciente de que, en este momento, es la única forma de poder salir adelante. Y de que tiene que dar gracias porque ha encontrado una manera de equilibrar la balanza renunciando a algunas cosas y ganando otras (más tiempo con sus hijos, más ayuda para su pareja,…). Sabe él, sabemos todos, que hay familias que están viviendo una situación muchísimo más dura a la que es muy complicado encontrarle el lado bueno. Pero algo positivo tenemos que ser capaces de encontrarle a todo esto ya que de lo contrario no se entendería la paz ciudadana que invade hoy nuestra sociedad. Eso, o es que estamos total e inactivamente adormecidos. ¿O es que nos mantienen narcotizados?